El Conocimiento PDF Imprimir Correo electrónico
Nunca es tarde
Escrito por Pablushka   
Lunes 18 de Octubre de 2004 13:02

El sabio miraba las estrellas y no las entendía. Obsesionado estaba por su belleza, misterio y lejanía. Para él no podían ser otras cosas que la mirada atenta de Dios sobre cada uno de los hombres, o las almas de los justos que velan por los vivos que pisan la tierra, o simples luciérnagas que de tanto brillar, vuelan y vuelan hasta perderse en el infinito del cielo y sólo pueden verse de noche. Puede que sean las luces de una gran ciudadela, donde habitan los que aman el paraíso. Puede que sean pequeñas fogatas, encendidas por algún navegante del cielo, y guiar así a sus congéneres hasta alguna tierra prometida. Pasaba el día en sus matemáticas y sus experimentos, pero la noche, ah, divina noche de estrellas, era para estar cerca del Creador y sentir muy adentro lo bellas que son las luces del cielo que protegen a la Tierra...

Un día, el sabio supo como ver mejor a las estrellas, hizo una máquina con espejitos y cristales que las mostraban de cerca, grandotas y brillantes. Y se dio cuenta que no eran ojos de Dios, tampoco parecían almas de justos, y ni hablar de luciérnagas o ciudadelas o faros celestiales. Nada de eso. Vio que las estrellas eran solo objetos, muy interesantes si, pero solo eran objetos tan comunes como la tierra o la nieve. Aprendió mucho de sus observaciones, y su conocimiento se vio reconfortado. El sabio escribió en unos de sus manuscritos, entre números y fórmulas: "El conocimiento nos tranquiliza el alma y a la vez, sin querer, rompe las ilusiones de los más inocentes."

Bookmark and Share