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| Escrito por Pablushka |
| Lunes 18 de Octubre de 2004 13:03 |
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Había llegado hace poco tiempo. El nuevo curita había viajado muchas semanas. Salió de España hasta llegar a México en una nao perteneciente a la flota del rey de España, muy bella, pero no muy limpia. Su nombre es Bartolomé, y dicen que es en Las Casas donde nació. Y resultó una gran sequía en aquella época. Y Fray Bartolomé de Las Casas pedía a los señores españoles que no faltasen a la misa de los domingos. Que era muy importante para que Dios los bendiga con la lluvia tan necesitada. Y así iban los españoles a misa, de muy mala gana pues había que poner diezmo en época de pocas ganancias, pero bueno, a lo mejor Dios se apiadaba de ellos y le mandaba el agua que las plantaciones de maíz a grito demandaban. Pasaron las semanas y nada pasaba. Ni una gotita de agua. Así fue que los indios que trabajaban en aquellas tierras resecas, decidieron ayudar a que lloviera. Y ellos también comenzaron a pedir a sus dioses. Danzaron y cantaron, se pintaron el rostro, le prometieron al sol el poder de su sangre y a la luna su amor eterno. Los españoles se rieron de ellos, incluso algunos se escandalizaron y usaron el látigo para impedir tales actos de brutos bestias y blasfemias que ofenden la moral de las señoras del pueblo. Pero los indios siguieron pidiendo, aún a costa de su propia sangre. Ellos también necesitaban el agua para que sus hijos pudieran comer el maíz tostadito, las tortillas y las galletas. Y resultó que del este vino la lluvia. Y todos se alegraron. Y llegó el domingo, y todos fueron a la misa a agradecer el agua bendita. Y fray Bartolomé de las Casas los recibió. Ese día no dio misa. Ese día miró a los españoles a los ojos y les dijo: "-Hermanos, entiendan bien, y den gracias a sus esclavos los indios. Gracias a ellos tenemos prosperidad en esta tierra." Entonces, uno de los dueños de mil indios se sintió ofendido y replicó: "¿Dar gracias a los salvajes? ¡Qué va! Si Dios nos bendijo gracias a la limosna que quedó en esta iglesia." Fray Bartolomé se sintió muy triste al ver que la gente no entendía. Salió rápido de la iglesia de madera aún verde. Se dirigió a las plantaciones de maíz, todos lo siguieron. Al llegar, los indios se juntaron para saludarlo, pues lo apreciaban mucho. El con lágrimas en los ojos, no terminaba de repetirles a los ataviados de oro y plata: -¡Miren necios y escuchen! ¡Imiten al Indio! No importa como se le rece, Dios siempre escucha a aquellos que son puros de corazón. Y llovió varios días y la cosecha fue abundante. |
| Última actualización el Miércoles 27 de Mayo de 2009 20:29 |





